jueves, 27 de diciembre de 2012

Bikini ajustado, pañuelo a la cabeza, embadurnada de crema y libro en las manos

Cada vez que Roberto salía al jardín allí estaba ella en su terraza, bikini ajustado, pañuelo a la cabeza, embadurnada de crema y libro en las manos.
Invariablemente hacía un leve y casi imperceptible gesto con las manos a modo de educado saludo.
En la misma proporción en que su blanca piel se enrojecía por las abundantes horas que el sol la bañaba, la de su marido lo hacía por las muchas botellas de whisky que regaban el interior de su cuerpo.
Las noches transcurrían entre portazos, palabras mal sonantes (en inglés, claro), golpes, gritos ...
Por las mañanas Roberto paseaba a su perro y solía coincidir con ella que bajaba al contenedor del vidrio las 3, 4, a veces 5 botellas que hubieran caido ese día.
Un día ella bajó con un ojo morado y su sempiterna sonrisa con la que siempre le daba los buenos días.
Fue la primera vez que hablaron. El escaso español de ella y el poco inglés de él hacían suponer que la conversación sería breve pero tres horas después seguían sentados en el banquito de su jardín.
Cuando las palabras en el idioma del otro no brotaban eran sustituidas por la complicidad en las miradas, miradas de cansancio, de sufrimiento, de dolor, de hastío.
Poco después, sin apenas darse cuenta, estaban en el interior de la casa desabrochándose los botones de la camisa, ambos con manos temblorosas de quien no está acostumbrado a tales situaciones. Roberto, mientras le ayudaba, acarició su espalda, la besó, primero en el cuello luego en los hombros después en los pechos, descubriendo con horror los muchos moratones que salpicaban su piel.
Se besaron durante horas, como colegiales con miedo a ser descubiertos pero con la pasión del primer amor. Las manos de él, primero dudando, después con decisión, acariciaron sus rodillas, sus piernas, la cara interior de sus muslos, se deslizaron hacia arriba y notó como se mojaban a la vez que ella se retorcía y excitaba cada vez con más intensidad.
Así estuvieron horas,  besándose y amándose, explorando cada centímetro de sus cuerpos, cada poro, cada    rincón,  hasta que su perro "Moony" les avisó de la hora y de sus necesidades.