domingo, 23 de septiembre de 2012

Maya

Pasado el verano reinicio las entradas con un recuerdo muy especial para una persona entrañable a la vez que excelente profesional.
Representante durante muchos años de las ferias de la ciudad de Düsseldorf en España, era la cordialidad y amabilidad hecha persona. Siempre atenta para recibir a todos los convocados con esa clase y ese estilo difícil de copiar que pocos tienen. su esbelta figura dominaba la sala. Sin que se notase oteaba que todo estuviera perfecto, que no faltase nada, que todos estuvieran a gusto.
Si llegabas a uno de sus actos cansado por el trabajo o por el tráfico o por cualquier otro motivo, sus cariñosos saludos te devolvían la alegría y el sentirte bien, tal era la fuerza y la empatía de Maya.
Su inseparable pañuelo, después de tantos años, ya formaba parte de ella igual que ese hilito de voz que ella alargaba como hilo de una cometa que sube y temes que se te escape entre la manos.

Como maestra de ceremonias no tenía parangón. Sabía introducir al conferenciante con las palabras justas, sin robarle un ápice de protagonismo pero sin que faltase nada importante.
Con su tacto y su saber hacer guiaba con mano experta los coloquios y los turnos de palabra y cuando no había preguntas, ese momento tan odiado por cualquier moderador, sabía hábilmente introducir y comenzar ella misma el coloquio.
En las comidas posteriores a muchas de sus convocatorias, siempre en excelentes restaurantes, sabía crear un clima tan agradable que no tenías la sensación de estar trabajando sino en una reunión con buenos amigos.
Hoy su ausencia seguro que no se notará en lo profesional, así de bien ha sabido enseñar a los que continúan su labor, pero los que la hemos acompañado en tantas presentaciones durante tantos años, sí la echaremos de menos y la recordaremos pendiente de todos los detalles.
Un fuerte abrazo Maya.

domingo, 16 de septiembre de 2012

La modelo, el fotógrafo y la abuela

La noche antes había decidido salir a hacer una ruta por la sierra. Amaneció un día soleado con una temperatura excelente. Se levantó temprano, cogió el macuto con agua y algo de fruta y se dirigió hasta el aparcamiento al pie de la ruta.
Al principio la subida era suave pero a medida que se avanzaba se iba endureciendo.
Pero valía la pena, se subía entre palmitos autóctonos, jaras, matorrales, alguna higuera. Las vistas eran increibles, abajo el pueblo de Denia, a un lado el montículo verde sobre el que se erigía majestuoso el castillo, a su lado el puerto, más a la derecha la zona de las "Rotes". Y en la lejanía, ohhh, impresionante, era un día claro y se vislumbraba la silueta de Ibiza.
Al otro lado se dibujaba la línea de costa por la que discurría en paralelo a ésta la carretera de las Marinas. Más a la izquierda y al fondo, Oliva, Gandia y más allá el "cocodrilo" junto al que se asentaba Cullera.
Subió a buen ritmo y enseguida adelantó a un dominguero, cámara de fotos recién comprada al hombro y zapatos de .... ante, como si se dirigiera a una terraza del puerto deportivo.
El pobre no paraba de resbalarse y no pudo evitar pensar en cuántas veces se caería antes de regresar.
Un par de curvas más adelante alcanzó a "Mis chica gimnasio del año" reconvertida en senderista. Llevaba hasta la cinta para el sudor en la frente y por supuesto calentadores en las piernas y body ceñido de los de "mira que tetas y que culito tengo".
Supongo que no tardaría en volverse en cuanto subiera un poco más y comenzase a notar el "frescor" del sol en un día de verano.
Después de dos horas llegó a su objetivo de ese día, la impresionante "Cueva del Camel" y decidió regresar despues de unos minutos de descanso.
En la bajada y después de encontrar numerosos senderistas bien pertrechados todavía le quedaba  por cruzarse con con otra interesante y variada fauna.
Entre los más interesantes, sin duda el "niñotedaríadostortas", acompañado de los abuelos (abuela con bolso y tacones, todo sea dicho). Estaba haciendo méritos para conseguir el primer premio del sorteo que no era otro que caerse rodando por la la pedregosa ladera del Montgó.
Si no le tocó el "gordo" sí la pedrea cuando en uno de los saltos que daba como auténtico poseso, de pedrusco en pedrusco, perdió el equilibrio y se dió de bruces sobre uno de los numerosos palmitos que jalonan el camino.
Esto y el pescozón del abuelo, aplaudido por los que en ese momento pasábamos cerca, debieron hacerle desistir de seguir haciendo la cabra.
¿Quién dijo que caminar es aburrido?