La noche antes había decidido salir a hacer una ruta por la sierra. Amaneció un día soleado con una temperatura excelente. Se levantó temprano, cogió el macuto con agua y algo de fruta y se dirigió hasta el aparcamiento al pie de la ruta.
Al principio la subida era suave pero a medida que se avanzaba se iba endureciendo.
Pero valía la pena, se subía entre palmitos autóctonos, jaras, matorrales, alguna higuera. Las vistas eran increibles, abajo el pueblo de Denia, a un lado el montículo verde sobre el que se erigía majestuoso el castillo, a su lado el puerto, más a la derecha la zona de las "Rotes". Y en la lejanía, ohhh, impresionante, era un día claro y se vislumbraba la silueta de Ibiza.
Al otro lado se dibujaba la línea de costa por la que discurría en paralelo a ésta la carretera de las Marinas. Más a la izquierda y al fondo, Oliva, Gandia y más allá el "cocodrilo" junto al que se asentaba Cullera.
Subió a buen ritmo y enseguida adelantó a un dominguero, cámara de fotos recién comprada al hombro y zapatos de .... ante, como si se dirigiera a una terraza del puerto deportivo.
El pobre no paraba de resbalarse y no pudo evitar pensar en cuántas veces se caería antes de regresar.
Un par de curvas más adelante alcanzó a "Mis chica gimnasio del año" reconvertida en senderista. Llevaba hasta la cinta para el sudor en la frente y por supuesto calentadores en las piernas y body ceñido de los de "mira que tetas y que culito tengo".
Supongo que no tardaría en volverse en cuanto subiera un poco más y comenzase a notar el "frescor" del sol en un día de verano.
Después de dos horas llegó a su objetivo de ese día, la impresionante "Cueva del Camel" y decidió regresar despues de unos minutos de descanso.
En la bajada y después de encontrar numerosos senderistas bien pertrechados todavía le quedaba por cruzarse con con otra interesante y variada fauna.
Entre los más interesantes, sin duda el "niñotedaríadostortas", acompañado de los abuelos (abuela con bolso y tacones, todo sea dicho). Estaba haciendo méritos para conseguir el primer premio del sorteo que no era otro que caerse rodando por la la pedregosa ladera del Montgó.
Si no le tocó el "gordo" sí la pedrea cuando en uno de los saltos que daba como auténtico poseso, de pedrusco en pedrusco, perdió el equilibrio y se dió de bruces sobre uno de los numerosos palmitos que jalonan el camino.
Esto y el pescozón del abuelo, aplaudido por los que en ese momento pasábamos cerca, debieron hacerle desistir de seguir haciendo la cabra.
¿Quién dijo que caminar es aburrido?
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