Era una mole, alto, 150 kilos más o menos, una barriga como un tonel, nariz chata, partida, como si de un boxeador se tratase, casi diría que se parecía a la enorme fiera de su perro boxer; desde luego gruñía como él.
Todas las mañanas le daba los buenos días en el jardín siempre y él siempre contestaba lo que parecía un gruñido.
Si te lo encontrabas por la calle a cualquier hora siempre el mismo sonido.
Un día que yo no llegaba a la rama más alta de la buganvilla le pregunté si tenía una escalera, pensando que me contestaría con otro bramido que significase no.
Mientras le preguntaba me dí cuenta de lo cuidado y bonito que tenía el jardín. Al decírselo y añadir que la dalia era una preciosidad, la cara se le iluminó.
No sólo me trajo la escalera sino que me ofreció sus tijeras de podar y demás utensilios.
Desde entonces sus buenos días son sonoros, nítidos y claros y los acompaña de una espléndida sonrisa.
Ha pasado de parecerse a un feroz ogro a estar más cerca de un bonachón y adorable gnomo.... si no fuera por el tamaño.
Feliz semana
viernes, 29 de junio de 2012
lunes, 18 de junio de 2012
"Cuando te des la vuelta te voy a mirar el culo"
Tenía un trasero grande, generoso, hermoso que diría su abuela, pero a la vez de cachas fuertes y apretadas, no se le podía coger un pellizco de tan fuerte que estaba.
Redondo, bien formado, una delicia en suma.
No podía evitar mirarlo cada vez que se volvía y se ponía de espaldas.
Le encantaba, le entusiasmaba, más bien le volvía loco.
Para muchos era demasiado grande. A él le parecía proporcionado, equilibrado ... perfecto.
El problema era que cada vez que hablaba con ella no podía concentrarse en la conversación, sólo pensaba en el momento en el que se diera la vuelta.
Ella lo sabía y retardaba al máximo ese momento. Se iba despidiendo hablándole medio de lado, a veces andando casi de espaldas, como acabando la frase, hasta que llegaba a su despacho.
Cuando se encontró en el pasillo con ella y con el nuevo director general y le comentaron los nuevos cambios del departamento de suscripciones sólo pensó en su enorme pero apretado y apetitoso trasero.
Asentía a lo que le decían por inercia, sin escuchar ni entender lo que le comentaban.
Cuando le pidieron su opinión sobre dichos cambios sólo atinó a decir medio tartamudeando: "cuando te des la vuelta no voy a poder evitar mirarte el culo".
Feliz semana.
Redondo, bien formado, una delicia en suma.
No podía evitar mirarlo cada vez que se volvía y se ponía de espaldas.
Le encantaba, le entusiasmaba, más bien le volvía loco.
Para muchos era demasiado grande. A él le parecía proporcionado, equilibrado ... perfecto.
El problema era que cada vez que hablaba con ella no podía concentrarse en la conversación, sólo pensaba en el momento en el que se diera la vuelta.
Ella lo sabía y retardaba al máximo ese momento. Se iba despidiendo hablándole medio de lado, a veces andando casi de espaldas, como acabando la frase, hasta que llegaba a su despacho.
Cuando se encontró en el pasillo con ella y con el nuevo director general y le comentaron los nuevos cambios del departamento de suscripciones sólo pensó en su enorme pero apretado y apetitoso trasero.
Asentía a lo que le decían por inercia, sin escuchar ni entender lo que le comentaban.
Cuando le pidieron su opinión sobre dichos cambios sólo atinó a decir medio tartamudeando: "cuando te des la vuelta no voy a poder evitar mirarte el culo".
Feliz semana.
sábado, 2 de junio de 2012
Un grito desde lo más hondo salió de su garganta
Pelo largo y grasiento con un corte que hacía lustros que ya no se llevaba. Las uñas demasiado largas para un hombre, amarillentas por el tabaco y negras por la suciedad.
Ella, diminuta, frágil, tierna, todo lo contrario que él.
Todos los amigos se preguntaban cómo era posible que hubieran acabado juntos y con dos hijos.
A él no le faltaba casi ningún vicio. Era mentiroso, pendenciero, bebía más de la cuenta y más de un "polvo" había echado detrás del mercado de San Miguel, previo pago, claro.
Pero ella con su frágil cuerpo y su dura mollera todo lo aguantaba, los malos modos, los tacos, el olor a alcohol cada vez más frecuente, los engaños incluso que dilapidara buena parte de su sueldo en los placeres de la carne ajena. Todo menos que le pusiera la mano encima a uno de sus hijos. Y aquel día, eso fue lo que pasó.
Cuando le vio darle el primer bofetón salió corriendo para interponerse entre los dos, como hacía siempre. Cuando, por la mitad del pasillo, vio como le daba el segundo, con el puño cerrado, un grito hondo, desgarrado, desde lo más profundo de sus entrañas, se oyó en toda la planta. Cuando vio cómo volvía a darle un tercero y un cuarto ella ya había cogido una silla que le rompió contra su espalda.
Cuando él se abalanzó sobre ella, blandiendo parte de la silla sobre su cabeza al grito de ¡puta te voy a matar!, no lo dudó y esas tijeras que tanto había utilizado en sus labores de madre ahora le daban una última y definitiva ayuda penetrando limpiamente en el cuello del cobarde, haciendo un orificio que ya no pudo taponar.
Ella, diminuta, frágil, tierna, todo lo contrario que él.
Todos los amigos se preguntaban cómo era posible que hubieran acabado juntos y con dos hijos.
A él no le faltaba casi ningún vicio. Era mentiroso, pendenciero, bebía más de la cuenta y más de un "polvo" había echado detrás del mercado de San Miguel, previo pago, claro.
Pero ella con su frágil cuerpo y su dura mollera todo lo aguantaba, los malos modos, los tacos, el olor a alcohol cada vez más frecuente, los engaños incluso que dilapidara buena parte de su sueldo en los placeres de la carne ajena. Todo menos que le pusiera la mano encima a uno de sus hijos. Y aquel día, eso fue lo que pasó.
Cuando le vio darle el primer bofetón salió corriendo para interponerse entre los dos, como hacía siempre. Cuando, por la mitad del pasillo, vio como le daba el segundo, con el puño cerrado, un grito hondo, desgarrado, desde lo más profundo de sus entrañas, se oyó en toda la planta. Cuando vio cómo volvía a darle un tercero y un cuarto ella ya había cogido una silla que le rompió contra su espalda.
Cuando él se abalanzó sobre ella, blandiendo parte de la silla sobre su cabeza al grito de ¡puta te voy a matar!, no lo dudó y esas tijeras que tanto había utilizado en sus labores de madre ahora le daban una última y definitiva ayuda penetrando limpiamente en el cuello del cobarde, haciendo un orificio que ya no pudo taponar.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)