Semana grande en Madrid, la del 1 y 2 de mayo. Normalmente te puedes "fabricar" un puente muy jugoso. El 1 fiesta en toda España por el día del trabajo y el 2 festivo en la Comunidad de Madrid. Así que casi todos los años, cuando el tiempo lo permite, el que puede aprovecha para hacer una salida fuera de casa.
Ramón, por primera vez en muchos años, se quedó en Madrid. Aprovechó para hacer algunos arreglos caseros, dió largas caminatas y disfrutó de los primeros días de calor en su ciudad.
"Mañana compraremos el regalo por el día de la Madre", le dijo a su hija mayor, sin darse cuenta que las tiendas del barrio también cerraban el día 2.
El viernes trabajó toda la mañana en casa y por la tarde llevó a las niñas a ver al sobrinito recién nacido.
"Papá, recuerda que tenemos que comprar el regalo de mamá", le dijo Laura, "sí, lo compraremos mañana sábado porque esta tarde ya no nos da tiempo".
El sábado se levantó temprano, sacó a "Chisco" a dar el paseo matinal y que hiciera sus "cosas" y volvió a terminar varios presupuestos pendientes. Cuando miró el reloj ya era la una de la tarde. Puso el agua para los macarrones, tendió la ropa de la lavadora y recogió la que estaba en el tendedero.
Comieron pronto y en cuanto fregó los platos volvió a dar un corto paseo al perro.
"He visto que están de liquidación en la perfumería de la plaza de "la ranas" y hacen un 50% de descuento" le dijo a su hija Laura que hacía tiempo se había convertido en su consejera principal. "Buena idea, con un perfume siempre se acierta y si por la liquidación y el descuento ya no quedase mucho donde elegir, nos podemos acercar a la librería de la plaza de los "cubos".
Después de dar su "cabezada" de rigor, bajaron a la perfumería. Que raro, está cerrada. "Como estaban liquidando, tal vez ya hayan vendido casi todo" dijo Laura.
Se acercaron a otra perfumería cercana pensando en la oportunidad perdida de conseguir un buen perfume a mitad de precio. Para su sorpresa también estaba cerrada.
"Nos toca la opción B, libros". Así que giraron por la calle de al lado y se dirigieron a su librería de toda la vida. Cerrada. "Qué raro, y eso que mañana es el día de la Madre y podrían tener bastantes ventas".
"Sí, papá, pero también tienen que descansar" dijo Laura.
Unas calles más abajo estaba la nueva librería, inaugurada unos meses antes. No conocía mucho al dueño pero no tenían más remedio que fiarse de él, era la última oportunidad ..... si hubiera estado abierta.
"No lo entiendo, pensó Ramón, el miercoles fue fiesta y el jueves también, dos días libres y mañana una de las fiestas para las que más se debe vender, y sin embargo esta tarde, como todos los sábados por la tarde, han cerrado".
"Mira, un "chino" abierto, vamos a mirar a ver si vemos algo que pueda gustarle a mamá".
entre olivos y parras
sábado, 4 de mayo de 2013
jueves, 21 de febrero de 2013
¿En qué hotel te alojas?
Aparcó en el descampado en el que solía hacerlo. Bajó del coche y se dirigió hacia la zona de terrazas junto al paseo marítimo. Caminaba despacio, sin saber muy bien dónde ir.
Una vez más, Pilar, su mujer, se había quedado en casa con un supuesto dolor de cabeza. En realidad lo que hacía era chatear con su "amigo".
Mientras dudaba qué hacer volvió a preguntarse por qué lo aguantaba y seguía sin encontrar una respuesta clara.
Después de caminar durante cerca de una hora y de pasar más de una vez por el mismo sitio decidió, empujado por el cansancio que comenzaba a dar señales, sentarse en una de las mesas libres de "Dos gardenias" su terraza favorita.
Desde allí la vista era inmejorable, hacia la izquierda el puerto deportivo con los mástiles de sus barcos vigilando como erguidos centinelas. Hacia la derecha el castillo con la imponente torre del homenaje sobresaliendo majestuosa.
Pidió su "mahou" de rigor, sacó su inseparable cuaderno y comenzó a escribir. Normalmente le relajaba y se desahogaba escribiendo pero esa tarde no se sentía inspirado y comenzó a garabatear frases y dibujos sin mucho sentido.
Por fín encontró el hilo fijándose e inspirándose en las dos personas de la mesa de al lado.
A la media hora una de las señoras de esa mesa se le acercó y le preguntó sin rodeos: "mi amiga y yo tenemos enorme curiosidad por saber qué escribes con tanto empeño, tal vez ¿eres novelista?". No, respondió Jacinto, sólo me desahogo escribiendo sobre lo que veo, en especial sobre las personas que me rodean una tarde cualquiera, en una terraza cualquiera. Describo su fisonomía, su indumentaria, sus movimientos e invento que la más interesante y atractiva de una mesa cercana se levanta, me invita a tomar una copa y, más tarde, me pide que la acompañe a la habitación de su hotel.
Sólo le dió tiempo de decir ¿en qué hotel dices que te alojas? antes de que le derramase la cerveza por la cabeza.
Feliz semana.
Una vez más, Pilar, su mujer, se había quedado en casa con un supuesto dolor de cabeza. En realidad lo que hacía era chatear con su "amigo".
Mientras dudaba qué hacer volvió a preguntarse por qué lo aguantaba y seguía sin encontrar una respuesta clara.
Después de caminar durante cerca de una hora y de pasar más de una vez por el mismo sitio decidió, empujado por el cansancio que comenzaba a dar señales, sentarse en una de las mesas libres de "Dos gardenias" su terraza favorita.
Desde allí la vista era inmejorable, hacia la izquierda el puerto deportivo con los mástiles de sus barcos vigilando como erguidos centinelas. Hacia la derecha el castillo con la imponente torre del homenaje sobresaliendo majestuosa.
Pidió su "mahou" de rigor, sacó su inseparable cuaderno y comenzó a escribir. Normalmente le relajaba y se desahogaba escribiendo pero esa tarde no se sentía inspirado y comenzó a garabatear frases y dibujos sin mucho sentido.
Por fín encontró el hilo fijándose e inspirándose en las dos personas de la mesa de al lado.
A la media hora una de las señoras de esa mesa se le acercó y le preguntó sin rodeos: "mi amiga y yo tenemos enorme curiosidad por saber qué escribes con tanto empeño, tal vez ¿eres novelista?". No, respondió Jacinto, sólo me desahogo escribiendo sobre lo que veo, en especial sobre las personas que me rodean una tarde cualquiera, en una terraza cualquiera. Describo su fisonomía, su indumentaria, sus movimientos e invento que la más interesante y atractiva de una mesa cercana se levanta, me invita a tomar una copa y, más tarde, me pide que la acompañe a la habitación de su hotel.
Sólo le dió tiempo de decir ¿en qué hotel dices que te alojas? antes de que le derramase la cerveza por la cabeza.
Feliz semana.
jueves, 27 de diciembre de 2012
Bikini ajustado, pañuelo a la cabeza, embadurnada de crema y libro en las manos
Cada vez que Roberto salía al jardín allí estaba ella en su terraza, bikini ajustado, pañuelo a la cabeza, embadurnada de crema y libro en las manos.
Invariablemente hacía un leve y casi imperceptible gesto con las manos a modo de educado saludo.
En la misma proporción en que su blanca piel se enrojecía por las abundantes horas que el sol la bañaba, la de su marido lo hacía por las muchas botellas de whisky que regaban el interior de su cuerpo.
Las noches transcurrían entre portazos, palabras mal sonantes (en inglés, claro), golpes, gritos ...
Por las mañanas Roberto paseaba a su perro y solía coincidir con ella que bajaba al contenedor del vidrio las 3, 4, a veces 5 botellas que hubieran caido ese día.
Un día ella bajó con un ojo morado y su sempiterna sonrisa con la que siempre le daba los buenos días.
Fue la primera vez que hablaron. El escaso español de ella y el poco inglés de él hacían suponer que la conversación sería breve pero tres horas después seguían sentados en el banquito de su jardín.
Cuando las palabras en el idioma del otro no brotaban eran sustituidas por la complicidad en las miradas, miradas de cansancio, de sufrimiento, de dolor, de hastío.
Poco después, sin apenas darse cuenta, estaban en el interior de la casa desabrochándose los botones de la camisa, ambos con manos temblorosas de quien no está acostumbrado a tales situaciones. Roberto, mientras le ayudaba, acarició su espalda, la besó, primero en el cuello luego en los hombros después en los pechos, descubriendo con horror los muchos moratones que salpicaban su piel.
Se besaron durante horas, como colegiales con miedo a ser descubiertos pero con la pasión del primer amor. Las manos de él, primero dudando, después con decisión, acariciaron sus rodillas, sus piernas, la cara interior de sus muslos, se deslizaron hacia arriba y notó como se mojaban a la vez que ella se retorcía y excitaba cada vez con más intensidad.
Así estuvieron horas, besándose y amándose, explorando cada centímetro de sus cuerpos, cada poro, cada rincón, hasta que su perro "Moony" les avisó de la hora y de sus necesidades.
Invariablemente hacía un leve y casi imperceptible gesto con las manos a modo de educado saludo.
En la misma proporción en que su blanca piel se enrojecía por las abundantes horas que el sol la bañaba, la de su marido lo hacía por las muchas botellas de whisky que regaban el interior de su cuerpo.
Las noches transcurrían entre portazos, palabras mal sonantes (en inglés, claro), golpes, gritos ...
Por las mañanas Roberto paseaba a su perro y solía coincidir con ella que bajaba al contenedor del vidrio las 3, 4, a veces 5 botellas que hubieran caido ese día.
Un día ella bajó con un ojo morado y su sempiterna sonrisa con la que siempre le daba los buenos días.
Fue la primera vez que hablaron. El escaso español de ella y el poco inglés de él hacían suponer que la conversación sería breve pero tres horas después seguían sentados en el banquito de su jardín.
Cuando las palabras en el idioma del otro no brotaban eran sustituidas por la complicidad en las miradas, miradas de cansancio, de sufrimiento, de dolor, de hastío.
Poco después, sin apenas darse cuenta, estaban en el interior de la casa desabrochándose los botones de la camisa, ambos con manos temblorosas de quien no está acostumbrado a tales situaciones. Roberto, mientras le ayudaba, acarició su espalda, la besó, primero en el cuello luego en los hombros después en los pechos, descubriendo con horror los muchos moratones que salpicaban su piel.
Se besaron durante horas, como colegiales con miedo a ser descubiertos pero con la pasión del primer amor. Las manos de él, primero dudando, después con decisión, acariciaron sus rodillas, sus piernas, la cara interior de sus muslos, se deslizaron hacia arriba y notó como se mojaban a la vez que ella se retorcía y excitaba cada vez con más intensidad.
Así estuvieron horas, besándose y amándose, explorando cada centímetro de sus cuerpos, cada poro, cada rincón, hasta que su perro "Moony" les avisó de la hora y de sus necesidades.
sábado, 24 de noviembre de 2012
El lenguaje de los gestos
Llegó a casa tarde y cansado como casi todos los días. Ella, como en los últimos meses, no estaba en casa. Se abrió una lata de cerveza y se sentó en la terraza a ojear el períodico.
Enseguida los gatos ronronearon a su alrededor, frotándose contra sus piernas y subiéndose a las sillas y a la mesa.
Le encantaba verlos, sentados, oteando atentamente la calle. La pose de su gata era digna del premio la mejor fotografía.
Frente a él el durillo parecía que superaba los rigores invernales aunque ahora, junio, debía hacer frente al extremo calor del clima continental madrileño. El ficus benjamina, a su lado, se erguía hacia lo alto como un don quijote estirado y pendenciero. Pero a pesar de lo mucho que ambos le gustaban, sus tiestos favoritos eran las dos enormes aspilistras que vigilaban cual soldados haciendo guardia a la entrada de la terraza.
Al rato llegó ella, malhumorada y con pocas ganas de hablar. Le dio una patada a la gata y un manotazo al gato para que la dejaran el paso libre.
En los últimos meses había aprendido el lenguaje de sus gestos y actitudes y esa cara de contrariedad y disgusto había observado que significaban que había discutido con su "amigo".
Sin decir nada se encerró en el cuarto de baño, al momento volvió a abrir la puerta y sacó de una patada a la gata que para su desgracia había entrado a beber agua, volvió a encerrarse y se metió en la bañera.
Cuando después de tres cuartos de hora salió, ni sus gatos ni él estaban ya.
Feliz semana.
viernes, 26 de octubre de 2012
Los mojitos y los tontos del móvil
Nos sentamos en una mesa libre y pedimos nuestra bebida favorita del verano, dos mojitos.
Al lado, una pareja de unos treinta y pocos años consultaba el movil.
La bellísima camarera, rusa, polaca o, desde luego eslava, nos trajo los mojitos.
La pareja de al lado seguía consultando el móvil y escribiendo algún mensaje.
Entre trago y trago mi acompañante me puso al día de las novedades por Madrid (hacía varios días que estaba en la casa de la playa desconectado del mundanal ruido madrileño).
El mojito estaba delicioso, en esa terraza siempre lo preparan de forma magistral, con el calor que hacía y lo refrescante que estaba, cayó rápido y pedimos el segundo.
Los de la mesa de al lado continuaban con su móvil. Con un dedo pero ¡ qué velocidad escribiendo!
La camarera, de la que me había quedado prendado ¿ya lo he dicho? trajo el segundo mojito y nos contó sus peripecias por el levante español hasta su llegada a este bonito pueblo.
Cuando cayó el tercer mojito y yo me guardaba un papelito con el número de teléfono de "mi" eslava favorita, los de al lado seguían escribiendo cada uno en su móvil. Pedimos la cuenta, pagamos y nos levantamos.
Los de al lado hacía rato que nos miraba con suspicacia y cuando nos ibamos no pudieron evitar decirnos " y si nos gusta hablarnos a través del móvil ¿qué pasa?"
Feliz semana.
Al lado, una pareja de unos treinta y pocos años consultaba el movil.
La bellísima camarera, rusa, polaca o, desde luego eslava, nos trajo los mojitos.
La pareja de al lado seguía consultando el móvil y escribiendo algún mensaje.
Entre trago y trago mi acompañante me puso al día de las novedades por Madrid (hacía varios días que estaba en la casa de la playa desconectado del mundanal ruido madrileño).
El mojito estaba delicioso, en esa terraza siempre lo preparan de forma magistral, con el calor que hacía y lo refrescante que estaba, cayó rápido y pedimos el segundo.
Los de la mesa de al lado continuaban con su móvil. Con un dedo pero ¡ qué velocidad escribiendo!
La camarera, de la que me había quedado prendado ¿ya lo he dicho? trajo el segundo mojito y nos contó sus peripecias por el levante español hasta su llegada a este bonito pueblo.
Cuando cayó el tercer mojito y yo me guardaba un papelito con el número de teléfono de "mi" eslava favorita, los de al lado seguían escribiendo cada uno en su móvil. Pedimos la cuenta, pagamos y nos levantamos.
Los de al lado hacía rato que nos miraba con suspicacia y cuando nos ibamos no pudieron evitar decirnos " y si nos gusta hablarnos a través del móvil ¿qué pasa?"
Feliz semana.
domingo, 23 de septiembre de 2012
Maya
Pasado el verano reinicio las entradas con un recuerdo muy especial para una persona entrañable a la vez que excelente profesional.
Representante durante muchos años de las ferias de la ciudad de Düsseldorf en España, era la cordialidad y amabilidad hecha persona. Siempre atenta para recibir a todos los convocados con esa clase y ese estilo difícil de copiar que pocos tienen. su esbelta figura dominaba la sala. Sin que se notase oteaba que todo estuviera perfecto, que no faltase nada, que todos estuvieran a gusto.
Si llegabas a uno de sus actos cansado por el trabajo o por el tráfico o por cualquier otro motivo, sus cariñosos saludos te devolvían la alegría y el sentirte bien, tal era la fuerza y la empatía de Maya.
Su inseparable pañuelo, después de tantos años, ya formaba parte de ella igual que ese hilito de voz que ella alargaba como hilo de una cometa que sube y temes que se te escape entre la manos.
Como maestra de ceremonias no tenía parangón. Sabía introducir al conferenciante con las palabras justas, sin robarle un ápice de protagonismo pero sin que faltase nada importante.
Con su tacto y su saber hacer guiaba con mano experta los coloquios y los turnos de palabra y cuando no había preguntas, ese momento tan odiado por cualquier moderador, sabía hábilmente introducir y comenzar ella misma el coloquio.
En las comidas posteriores a muchas de sus convocatorias, siempre en excelentes restaurantes, sabía crear un clima tan agradable que no tenías la sensación de estar trabajando sino en una reunión con buenos amigos.
Hoy su ausencia seguro que no se notará en lo profesional, así de bien ha sabido enseñar a los que continúan su labor, pero los que la hemos acompañado en tantas presentaciones durante tantos años, sí la echaremos de menos y la recordaremos pendiente de todos los detalles.
Un fuerte abrazo Maya.
Representante durante muchos años de las ferias de la ciudad de Düsseldorf en España, era la cordialidad y amabilidad hecha persona. Siempre atenta para recibir a todos los convocados con esa clase y ese estilo difícil de copiar que pocos tienen. su esbelta figura dominaba la sala. Sin que se notase oteaba que todo estuviera perfecto, que no faltase nada, que todos estuvieran a gusto.
Si llegabas a uno de sus actos cansado por el trabajo o por el tráfico o por cualquier otro motivo, sus cariñosos saludos te devolvían la alegría y el sentirte bien, tal era la fuerza y la empatía de Maya.
Su inseparable pañuelo, después de tantos años, ya formaba parte de ella igual que ese hilito de voz que ella alargaba como hilo de una cometa que sube y temes que se te escape entre la manos.
Como maestra de ceremonias no tenía parangón. Sabía introducir al conferenciante con las palabras justas, sin robarle un ápice de protagonismo pero sin que faltase nada importante.
Con su tacto y su saber hacer guiaba con mano experta los coloquios y los turnos de palabra y cuando no había preguntas, ese momento tan odiado por cualquier moderador, sabía hábilmente introducir y comenzar ella misma el coloquio.
En las comidas posteriores a muchas de sus convocatorias, siempre en excelentes restaurantes, sabía crear un clima tan agradable que no tenías la sensación de estar trabajando sino en una reunión con buenos amigos.Hoy su ausencia seguro que no se notará en lo profesional, así de bien ha sabido enseñar a los que continúan su labor, pero los que la hemos acompañado en tantas presentaciones durante tantos años, sí la echaremos de menos y la recordaremos pendiente de todos los detalles.
Un fuerte abrazo Maya.
domingo, 16 de septiembre de 2012
La modelo, el fotógrafo y la abuela
La noche antes había decidido salir a hacer una ruta por la sierra. Amaneció un día soleado con una temperatura excelente. Se levantó temprano, cogió el macuto con agua y algo de fruta y se dirigió hasta el aparcamiento al pie de la ruta.
Al principio la subida era suave pero a medida que se avanzaba se iba endureciendo.
Pero valía la pena, se subía entre palmitos autóctonos, jaras, matorrales, alguna higuera. Las vistas eran increibles, abajo el pueblo de Denia, a un lado el montículo verde sobre el que se erigía majestuoso el castillo, a su lado el puerto, más a la derecha la zona de las "Rotes". Y en la lejanía, ohhh, impresionante, era un día claro y se vislumbraba la silueta de Ibiza.
Al otro lado se dibujaba la línea de costa por la que discurría en paralelo a ésta la carretera de las Marinas. Más a la izquierda y al fondo, Oliva, Gandia y más allá el "cocodrilo" junto al que se asentaba Cullera.
Subió a buen ritmo y enseguida adelantó a un dominguero, cámara de fotos recién comprada al hombro y zapatos de .... ante, como si se dirigiera a una terraza del puerto deportivo.
El pobre no paraba de resbalarse y no pudo evitar pensar en cuántas veces se caería antes de regresar.
Un par de curvas más adelante alcanzó a "Mis chica gimnasio del año" reconvertida en senderista. Llevaba hasta la cinta para el sudor en la frente y por supuesto calentadores en las piernas y body ceñido de los de "mira que tetas y que culito tengo".
Supongo que no tardaría en volverse en cuanto subiera un poco más y comenzase a notar el "frescor" del sol en un día de verano.
Después de dos horas llegó a su objetivo de ese día, la impresionante "Cueva del Camel" y decidió regresar despues de unos minutos de descanso.
En la bajada y después de encontrar numerosos senderistas bien pertrechados todavía le quedaba por cruzarse con con otra interesante y variada fauna.
Entre los más interesantes, sin duda el "niñotedaríadostortas", acompañado de los abuelos (abuela con bolso y tacones, todo sea dicho). Estaba haciendo méritos para conseguir el primer premio del sorteo que no era otro que caerse rodando por la la pedregosa ladera del Montgó.
Si no le tocó el "gordo" sí la pedrea cuando en uno de los saltos que daba como auténtico poseso, de pedrusco en pedrusco, perdió el equilibrio y se dió de bruces sobre uno de los numerosos palmitos que jalonan el camino.
Esto y el pescozón del abuelo, aplaudido por los que en ese momento pasábamos cerca, debieron hacerle desistir de seguir haciendo la cabra.
¿Quién dijo que caminar es aburrido?
Al principio la subida era suave pero a medida que se avanzaba se iba endureciendo.
Pero valía la pena, se subía entre palmitos autóctonos, jaras, matorrales, alguna higuera. Las vistas eran increibles, abajo el pueblo de Denia, a un lado el montículo verde sobre el que se erigía majestuoso el castillo, a su lado el puerto, más a la derecha la zona de las "Rotes". Y en la lejanía, ohhh, impresionante, era un día claro y se vislumbraba la silueta de Ibiza.
Al otro lado se dibujaba la línea de costa por la que discurría en paralelo a ésta la carretera de las Marinas. Más a la izquierda y al fondo, Oliva, Gandia y más allá el "cocodrilo" junto al que se asentaba Cullera.
Subió a buen ritmo y enseguida adelantó a un dominguero, cámara de fotos recién comprada al hombro y zapatos de .... ante, como si se dirigiera a una terraza del puerto deportivo.
El pobre no paraba de resbalarse y no pudo evitar pensar en cuántas veces se caería antes de regresar.
Un par de curvas más adelante alcanzó a "Mis chica gimnasio del año" reconvertida en senderista. Llevaba hasta la cinta para el sudor en la frente y por supuesto calentadores en las piernas y body ceñido de los de "mira que tetas y que culito tengo".
Supongo que no tardaría en volverse en cuanto subiera un poco más y comenzase a notar el "frescor" del sol en un día de verano.
Después de dos horas llegó a su objetivo de ese día, la impresionante "Cueva del Camel" y decidió regresar despues de unos minutos de descanso.
En la bajada y después de encontrar numerosos senderistas bien pertrechados todavía le quedaba por cruzarse con con otra interesante y variada fauna.
Entre los más interesantes, sin duda el "niñotedaríadostortas", acompañado de los abuelos (abuela con bolso y tacones, todo sea dicho). Estaba haciendo méritos para conseguir el primer premio del sorteo que no era otro que caerse rodando por la la pedregosa ladera del Montgó.
Si no le tocó el "gordo" sí la pedrea cuando en uno de los saltos que daba como auténtico poseso, de pedrusco en pedrusco, perdió el equilibrio y se dió de bruces sobre uno de los numerosos palmitos que jalonan el camino.
Esto y el pescozón del abuelo, aplaudido por los que en ese momento pasábamos cerca, debieron hacerle desistir de seguir haciendo la cabra.
¿Quién dijo que caminar es aburrido?
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