sábado, 24 de noviembre de 2012
El lenguaje de los gestos
Llegó a casa tarde y cansado como casi todos los días. Ella, como en los últimos meses, no estaba en casa. Se abrió una lata de cerveza y se sentó en la terraza a ojear el períodico.
Enseguida los gatos ronronearon a su alrededor, frotándose contra sus piernas y subiéndose a las sillas y a la mesa.
Le encantaba verlos, sentados, oteando atentamente la calle. La pose de su gata era digna del premio la mejor fotografía.
Frente a él el durillo parecía que superaba los rigores invernales aunque ahora, junio, debía hacer frente al extremo calor del clima continental madrileño. El ficus benjamina, a su lado, se erguía hacia lo alto como un don quijote estirado y pendenciero. Pero a pesar de lo mucho que ambos le gustaban, sus tiestos favoritos eran las dos enormes aspilistras que vigilaban cual soldados haciendo guardia a la entrada de la terraza.
Al rato llegó ella, malhumorada y con pocas ganas de hablar. Le dio una patada a la gata y un manotazo al gato para que la dejaran el paso libre.
En los últimos meses había aprendido el lenguaje de sus gestos y actitudes y esa cara de contrariedad y disgusto había observado que significaban que había discutido con su "amigo".
Sin decir nada se encerró en el cuarto de baño, al momento volvió a abrir la puerta y sacó de una patada a la gata que para su desgracia había entrado a beber agua, volvió a encerrarse y se metió en la bañera.
Cuando después de tres cuartos de hora salió, ni sus gatos ni él estaban ya.
Feliz semana.
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