Pelo largo y grasiento con un corte que hacía lustros que ya no se llevaba. Las uñas demasiado largas para un hombre, amarillentas por el tabaco y negras por la suciedad.
Ella, diminuta, frágil, tierna, todo lo contrario que él.
Todos los amigos se preguntaban cómo era posible que hubieran acabado juntos y con dos hijos.
A él no le faltaba casi ningún vicio. Era mentiroso, pendenciero, bebía más de la cuenta y más de un "polvo" había echado detrás del mercado de San Miguel, previo pago, claro.
Pero ella con su frágil cuerpo y su dura mollera todo lo aguantaba, los malos modos, los tacos, el olor a alcohol cada vez más frecuente, los engaños incluso que dilapidara buena parte de su sueldo en los placeres de la carne ajena. Todo menos que le pusiera la mano encima a uno de sus hijos. Y aquel día, eso fue lo que pasó.
Cuando le vio darle el primer bofetón salió corriendo para interponerse entre los dos, como hacía siempre. Cuando, por la mitad del pasillo, vio como le daba el segundo, con el puño cerrado, un grito hondo, desgarrado, desde lo más profundo de sus entrañas, se oyó en toda la planta. Cuando vio cómo volvía a darle un tercero y un cuarto ella ya había cogido una silla que le rompió contra su espalda.
Cuando él se abalanzó sobre ella, blandiendo parte de la silla sobre su cabeza al grito de ¡puta te voy a matar!, no lo dudó y esas tijeras que tanto había utilizado en sus labores de madre ahora le daban una última y definitiva ayuda penetrando limpiamente en el cuello del cobarde, haciendo un orificio que ya no pudo taponar.
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