Juan, su padre, era un hombre rudo pero de enorme sensibilidad, de ahí que tuviera la casa cuidada al máximo, las plantas, los arboles, las flores, todo con primor y delicadeza.
Al marcharse al otro lado, los hijos no podían permitir que aquel oasis, tan cuidado hasta entonces, ahora se derrumbase y se destruyera.
Por eso, armado con sus tijeras de podar entró en el huerto dispuesto a dar buena cuenta de arbustos innecesarios, malas hierbas, "varetas" mal colocadas, sarmientos fuera de sitio y cuanto se pudiera cortar sin armar un gran estropicio.
Los frutales, los rosales, la parra, todos ellos se miraron y, aunque en voz baja, pudo oírles perfectamente como decían: "ahí viene el hijo de p.... éste a acribillarnos con su tijeras, por qué no se cortará él los h....".
Fue un día largo y duro, pero valió la pena. Todo el estrés acumulado durante la semana se quedó entre los arboles y el resto de plantas.
Un paseo por el pantano y unas pequeñas chuletillas en Peralbillo supusieron el mejor reconstituyente.
La chimenea encendida, el blanco de Rueda (con perdón para los excelentes blancos de Valdepeñas) y el plato con salmón y huevos revueltos hicieron el resto.
El domingo de vuelta a Madrid con ganas renovadas y pensando "ésto hay que repetirlo" .... que no le oigan las plantas que quedaron ilesas porque cuando vuelva seguro que han huido.
Feliz semana.
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