Era una mole, alto, 150 kilos más o menos, una barriga como un tonel, nariz chata, partida, como si de un boxeador se tratase, casi diría que se parecía a la enorme fiera de su perro boxer; desde luego gruñía como él.
Todas las mañanas le daba los buenos días en el jardín siempre y él siempre contestaba lo que parecía un gruñido.
Si te lo encontrabas por la calle a cualquier hora siempre el mismo sonido.
Un día que yo no llegaba a la rama más alta de la buganvilla le pregunté si tenía una escalera, pensando que me contestaría con otro bramido que significase no.
Mientras le preguntaba me dí cuenta de lo cuidado y bonito que tenía el jardín. Al decírselo y añadir que la dalia era una preciosidad, la cara se le iluminó.
No sólo me trajo la escalera sino que me ofreció sus tijeras de podar y demás utensilios.
Desde entonces sus buenos días son sonoros, nítidos y claros y los acompaña de una espléndida sonrisa.
Ha pasado de parecerse a un feroz ogro a estar más cerca de un bonachón y adorable gnomo.... si no fuera por el tamaño.
Feliz semana
Aunque una primera impresión quieras que no marca mucho, lo cierto es que no debemos limitarnos solamente a su apariencia para hacernos la idea sobre alguien. Mucha gente que huye del adjetivo de superficiales precisamente peca de realizar juicios predeterminados sobre sus vecinos o simplemente personas que ve por la calle.
ResponderEliminarEste relato ofrece una buena lección que deberíamos aplicarnos durante todos los días del año.
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Es verdad Rosaspage, muchísimas veces las apariencias engañan.
EliminarGracias por tu comentario.
Saludos
Paco